miércoles, 10 de noviembre de 2010

SNAEFELLSNES (II): la hora del aperitivo

No quisiera yo empezar esta segunda entrega dedicada a la Península de los Pájaros metiéndome en un lío. El caso es que, en islandés, la voz significa alto y la voz kárl significa masculino. De donde hákarl podría equivaler a muy macho o algo así. Seguramente me equivoco, porque ni tengo conocimientos de islandés ni de filología ni de etimología. Además la expresión muy macho, en plan de alarde, no encaja tanto en la actual sociedad islandesa como en la de otros países que no voy a nombrar. Por cierto, en España, hace pocas décadas, una marca de brandy se publicitaba con el eslogan “es cosa de hombres”. ¿Acaso en Islandia, en otro tiempo, también el hákarl fue cosa de machos? En 1996 oí decir a mi admirada guía, Guðrún F., que compraba este producto apestoso para su marido, pero observé que a ella también le gustaba.




El hákarl es una cosa propia de Islandia a la que no sé si definir como alimento o como endemia. Se elabora dejando fermentar el cadáver de un tiburón, o sea, en dos palabras, el hákarl es tiburón podrido.
El tiburón boreal, que habita entre Groenlandia e Islandia, alcanza longitudes de hasta siete metros y se conoce científicamente como somniosus microcephalus, es decir, dormilón de cabeza pequeña. Su carne, cuando está fresca, es tóxica debido al alto contenido en ácido úrico; por eso solo se consume una vez que ha fermentado. Los pescadores retiran todas las vísceras y cartílagos del animal y luego entierran el músculo bajo arena gruesa o lava triturada para que los jugos resultantes de la descomposición se filtren y desaparezcan. Encima colocan unos cuantos bloques de piedra, mejor cuanto más pesados. Durante los tres meses que dura esta parte del proceso, la carne se vuelve mucho más blanda y pringosa mientras que el ácido úrico se va descomponiendo y dando lugar a amoniaco, que huele aún peor, como todo el mundo sabe. Por eso, en mi opinión, el tiburón boreal, una vez podrido, pasa de ser somniosus a ominosus o abominable.
Transcurrido el período de inhumación, las piezas de carne se recuperan y se cuelgan a orear en una especie de cabañas construidas con tablones separados a través de los cuales puede circular el viento. Y unos tres meses después, el indescriptible producto está listo para ser comido.


Secadero de hákarl muy cerca de la población de Grundarfjörðdur.



Los islandeses lo toman como aperitivo o mientras ven un partido de fútbol por televisión. Y tienen por costumbre acompañarlo con unos tragos de Brennivin, que es una especie de aguardiente elaborado a partir de la patata y aromatizado con semillas de alcaravea. Le llaman svarti dauði o muerte negra pero, al contrario de lo que ocurre con el tiburón podrido, este apelativo de muerte negra parece excesivo a todas luces, por lo menos desde el punto de vista de un español nacido cerca de El Bierzo y de Galicia, donde la graduación del orujo casero anda de los 60º para arriba. (El flojito Brennivin no llega a los 38º). Este licor se vende en todos los Vínbúð, que son tiendas especializadas en bebidas alcohólicas y sometidas a un control fiscal, más o menos como los estancos en España.
Termino manifestando que Islandia es un país asombroso y bellísimo, del cual me gusta todo excepto el hákarl, cuyas propiedades organolépticas -aspecto, olor y sabor- me parecen a cual más repulsiva. Creo, no obstante, que todo buen viajero debería probarlo. Supongo que al cabo de los años se le coge gusto. O en cuestión de minutos, si uno es muy macho.   
 
Grundarfjörður, una villa rodeada de montañas rotundas, apenas alcanza los 1000 habitantes. En 1786 fue erigida como sede comercial por los daneses y poco después la habitaron negociantes franceses que construyeron la iglesia y un hospitalillo.
Un par de kilómetros al oeste hay un paraje tan bello como toda esta costa, pero muy singular. Frente a las cascadas por las que un torrente se despeña desde los altos de Helgrindur, se adentra una península minúscula en el mar, una especie de pirámide don 463 metros de altura, conocida como Monte Kirkjufell. Como todas las de su alrededor, fue modelada por el hielo y las aguas torrenciales al final de la edad del hielo.



Desde el Monte Kirkjufell hacia el oeste, faltan 26 kilómetros para llegar a Olafsvík, una población en todo muy semejante a Grundarfjörður. A Olafsvík le cabe el honor de haber sido la primera ciudad que los daneses designaron oficialmente como centro de negocios, ya en el siglo XVII.    
Y ahora, si el excursionista lleva un automóvil medianamente preparado -basta un todocamino- puede pasar desde Olafsvík hasta Arnarstapi, en la costa sur, utilizando una pista sin alfaltar que sube desde el nivel del mar hasta más arriba de los 850 metros y bordea el flanco oriental del casquete helado en el glaciar Snaefellsjökull. Pero esto queda para la tercera entrada: SNAEFELLSNES (III): la puerta al centro de la tierra.



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